martes, 26 de julio de 2016

Los abusos de los débiles

En las sociedades de clases, como todo el mundo sabe, las sentencias judiciales favorecen casi universalmente a los débiles, a los pobres, a los infelices, a quienes protegen de los ricos y poderosos. Sobre esa perversión del sistema alertó el Presidente Mauricio Macri en una nota que publicó La Nación el domingo pasado. Si la Justicia fuera menos injusta con los capitalistas, si privilegiara un poco menos a los trabajadores, reflexiona Macri, habría más inversiones, y por lo tanto más empleo, mejores salarios. Tal vez, si los jueces recapacitaran, y entendieran que los patrones también tienen derechos, la justicia social quedaría más cerca.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Choriplaneros

El pueblo argentino a lo largo de dos siglos, según los sucesivos bautizos de la gente decente: vagos y mal entretenidos, bajo pueblo, bárbaros, chusma, criollos brutos, tanos brutos, gallegos brutos, rusos de mierda, cabecitas negras, negros de mierda. Ahora,  choriplaneros. Tal vez la última designación, con sus numerosos significados, sea la más brutal.

martes, 25 de noviembre de 2014

No como Brown

En el país de la libertad y de los individuos armados, un policía blanco asesina a un muchacho negro. Michael Brown, el chico, tiene 18 años, y está  desarmado. En Ferguson, la pequeña ciudad donde suenan las balas, lo ve medio mundo. Tres meses más tarde, un Gran Jurado decide que no hay pruebas para condenar a Darren Wilson, el agente que apretó el gatillo. Wilson dice que lo lamenta, pero que volvería a actuar de la misma manera. Dice que temió por su vida, porque Brown lo superaba físicamente. Y además era negro. Eso no lo dice. No importa si muchos testigos ven a Brown con las manos en alto cuando su cuerpo encaja los seis tiros que le pega Wilson. Y si lo ven caer a 150 metros del policía que teme por su vida. La población de Ferguson, cuando conoce el fallo judicial, estalla. Incendia autos, corta avenidas y autopistas, arroja botellas y ladrillos contra vehículos policiales. Pide justicia. Hay decenas de detenidos. Todo transcurre en un estado, Missouri, con una larga y dramática historia de crímenes contra la minoría negra. Su gobernador se llama Jay Nixon.  Su tío Richard hizo célebre al apellido. En otras ciudades y pueblos del enorme país otros miles salen también a la calle.  En Cleveland, Ohio, un agente dispara una bala de verdad a un niño negro de 12 años que empuña un arma de juguete, y lo mata. El Jefe de Policía lo defiende.   En San Luis, Missouri, la multitud ocupa las escalinatas del Tribunal que ha exculpado al matador de Brown, y advierte: “Si no lo procesan, vamos a pelear”. Barack Obama, el primer Presidente negro de la historia del enorme país, habla del asunto. Sin embargo, no anuncia que va a tratar de poner fin a los crímenes blancos. Pide que las protestas sean pacíficas. Les pide serenidad a las víctimas. Nada a los culpables. Muchos recuerdan entonces que él es negro, pero no como los otros. No desciende de africanos esclavizados en los Estados Unidos. No como Brown. 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Motochorros en tv


Motochorro es el nombre 
vulgar de su especie. Al motochorro de La Boca, que asaltó a un turista canadiense, lo exhiben por la tele. Es como un animal enjaulado que se les muestra a los paseantes en el zoo.  Pero el tipo se prende, y hace su parte. Recita, en clave individual y oportunista, los motivos que intentan explicar las relaciones colectivas, sociales, tendenciales, entre la desigualdad y el delito. Logran, entre Mauro Viale y él, que todo suene falso. Lo lograron. Punto para Viale, y para los mata-delincuentes, para los meta-bala, para los mano dura. Con los milicos estábamos mejor.

Al día siguiente, los lectores-comentaristas del diario La Nación no podrían ser más claros, ni más repugnantes. Uno dice que al pardito ese habría que meterle un tiro entre las cejas. Otro lamenta la vergüenza de que el video del asalto circule entre los blancos de todo el mundo, y maldice a Cristina K, que por supuesto es la culpable de que ese negro siga con vida  después de su afrenta a la civilización. Uno más, que habría que desenterrar a los muertos queridos del delincuente (no lo expresa con palabras tan amables), y volverlos a matar delante de él, para después, por fin, matarlo a él.


A la noche, en una radio, una locutora de linda voz que conduce un programa en el que pasan tangos, parece haber entendido que lo de Viale fue una apología del delincuente. Se queja, entonces, de que ahora lo único que falta es que el motochorro se convierta en un mediático, y termine bailando en el programa de Tinelli. Un tal Lucas, columnista de deportes en el programa, la tranquiliza, sin ironía ninguna: “No, eso no va a suceder, Tinelli es una buena persona”. 

lunes, 25 de agosto de 2014

Esta noche juega El Trinche

No supe de él hasta ahora, a pesar de que siempre seguí el fútbol, y a pesar de que en los años en que él jugó, los setenta, yo hasta escribía en las páginas de alguna sección Deportes. Los he descubierto ahora, a la realidad y al mito, gracias a este documental que me hizo ver un amigo de mis hijos, que ni siquiera había nacido entonces, y que ahora vive en Madrid. El Trinche Carlovich, rosarino, dice en algún momento de la película que para él jugar en Central Córdoba era lo mismo que hacerlo en el Real Madrid. Lo cierto es que fue siempre un jugador de la segunda división. "No jugó en Primera porque él no quiso", dice el Colorado Killer. "Le gustaba más jugar al fútbol que ser profesional", dice César Menotti. "A veces las cosas no se dan", dice él, a los 65 años, y lagrimea cuando alguien le recuerda la frase que decían los que solo querían verlo en una cancha, con la pelota: "Esta noche juega El Trinche".   

miércoles, 21 de mayo de 2014

Morena y jornalera

La generosidad, la paciencia y la perspicacia de mi compañero y amigo Roberto Fernández, avezado explorador de viejos archivos, me permitieron ver hoy una copia del acta de bautismo de mi abuelo materno, José Robledo, que nació en 1890 en Villaguay, Entre Ríos, mi pueblo también. En el documento, el cura señala que el chico es hijo natural de Paula Robledo. Y como al pasar, define con dos palabras a la joven madre soltera: “morena y jornalera”. Morena,  jornalera, madre de un hijo natural, mi abuelo, a fines del siglo XIX, en un pequeño pueblo en medio de la selva montielera. Salud, bisabuela Paula. Gracias por este tardío, conmovido, luminoso orgullo.

martes, 25 de febrero de 2014

Banderita cubana

Mi hija Clara acaba de volver de La Habana, adonde fue invitada a leer su poesía en el cuarto Encuentro de Jóvenes Escritores de América Latina y el Caribe. Ella es, también, fotógrafa. Entre otras muchas, trajo esta foto, que me recordó de inmediato unos versos de Nicolás Guillén, de los tiempos heroicos. Acá van la foto, los versos, y mis emocionadas felicitaciones para Clara.

"¡Ay, qué linda mi bandera,
mi banderita cubana,
sin que la manden de afuera,
ni venga un rufián cualquiera
a pisotearla en La Habana!"

jueves, 19 de diciembre de 2013

Bergoglio marxista papa

Francisco, nacido Jorge Bergoglio, rey absoluto de la iglesia católica, ha dicho recientemente que no es marxista pero que no lo ofende que lo llamen así. Habría que decir que quienes han incurrido en semejante barbaridad son miembros de grupos fundamentalistas de los Estados Unidos que creen que la especie humana lleva 6.000 años sobre la Tierra, y que los fósiles de uno o más millones de años han sido colocados allí por el propio dios para poner a prueba la fe de los creyentes.

Muchos de ellos creen, como su ídolo George W. Bush, que en algún momento de sus vidas han visto realmente a dios, el falsificador de fósiles, por lo general en su rol de Jesucristo. Con esa apariencia, precisamente, el ser supremo encargó a Bush que masacrara a los iraquíes, una misión que el presidente cumplió con rigor evangélico. Después, Bush contaba la charla con el crucificado, y su público la creía.


Más allá de quiénes han sido los ideólogos de la caracterización de marxista para el insospechable Bergoglio, él finge tomarla en serio. Y no se ofende. Quién sabe si se le ocurre que tal vez tengamos derecho a hacerlo los marxistas que vivimos en este mundo, ya sea en estado de optimismo, de derrota, de moderada confianza, de melancolía, o de rabiosa resistencia. Los que estamos convencidos de que dios es una fábula, y todas las religiones, nada más que supercherías funcionales a la explotación de clase. “La religión es el opio de los pueblos”, escribió Carlos Marx. El jefe de la más poderosa de las religiones no debería tener el privilegio de ser confundido con un marxista.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Serrat en el Luna, hace treinta años

Mi hijo Matías me mandó hoy un mensaje con unos videos de la televisión española sobre los recitales de Joan Manuel Serrat en el Luna Park, en junio de 1983. Yo estaba ahí, en una de esas gradas repletas, no solo de personas, sino de mucho más. Las imágenes y el sonido, a veces, devuelven la vida a emociones que el tiempo y las circunstancias van relegando a rincones de la memoria.

Ahora me acuerdo de todo, como si estuviera sucediendo: la expectativa, la alegría tanto tiempo contenida, una extraña fraternidad en un público que celebraba una fiesta. No se trataba solo del regreso de un cantante popular, querido y admirado, ausente del país desde hacía ocho o nueve años. Era como si la vida, brutalmente interrumpida por el terror y la barbarie, retomara su curso, herida pero imparable.

Cuando él apareció en la escena, precedido por los primeros acordes de la primera canción, estalló el estribillo que unificó a la multitud: “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”. Serrat se quedó quieto, en silencio, asintiendo con la cabeza, y no hizo el menor gesto hasta que, varios minutos después, mientras seguía sonando la música sin otras palabras que las del público, el apagarse del estribillo lo autorizó a a cantar.

Disfrutamos de las viejas canciones, y subrayamos con aplausos y vítores cada frase que aludía, aunque fuera lateralmente, al cambio de época que deseábamos. “Prefiero”, cantaba, “la revolución a las pesadillas”,  y nuestra propia pesadilla de más de siete años nos hacía llorar. Pero se terminaba, y el sonido de esa canción, ahí, en el corazón de una Buenos Aires ensangrentada y envilecida, era un testimonio de ese final.

No somos los mismos de entonces, y seguramente tampoco lo es Serrat. Pero más allá de lo que cada uno piense o sienta ahora, treinta años más tarde, en esas noches se anudó un lazo que tal vez nada pueda destruir. Un lazo hecho de nuestra propia historia, de un momento de ella que no está en archivos ni en documentos, sino en aquellos corazones nuestros, maltrechos y sobrevivientes.


martes, 15 de octubre de 2013

El futuro, que no venga

No solo la invasión europea empezó un 12 de octubre. Ese mismo día, pero en 1812, trescientos veinte años después de que Cristóbal Colón y los suyos desembarcaran con las buenas nuevas del cristianismo y de la explotación sin límites en la isla del Caribe que llamaron La Española, murió en la remota Buenos Aires Juan José Castelli.

En el medio hubo tres siglos de dominación de la corona imperial, pero sobre todo hubo los dos años fulgurantes en los que Castelli entró en la historia como un relámpago, los dos primeros años de la Revolución de Mayo. Él había nacido en 1764, en esa pequeña aldea a las orillas del Plata que se preparaba para torcer la historia. Era poco más que un niño cuando los padres eligieron por él que fuera cura, y lo mandaron a estudiar a Córdoba primero y después a Charcas, en el Alto Perú.

En el Colegio de Monserrat tuvo compañeros con los que compartiría, en la misma vereda o enfrentados, los avatares de la Revolución. También tuvo un cura Rector que vio, tal vez, lo que había que adivinar en él. En 1784, ese cura escribió, sobre Castelli, que tenía “un ingenio delicado, capaz de cualquier cosa”. Y también escribió un ruego que encubría, tal vez, una profecía: “Dios le guarde el corazón, que es docilísimo, y acaso fácil de pervertirse si tiene malos compañeros”. 

Debe haber tenido, Castelli, malos compañeros, o quizás no le hicieron falta. Largó los estudios teológicos, se hizo revolucionario radical, jacobino, anticlerical, estuvo a la cabeza del derrocamiento del Virrey Cisneros en 1810 junto a su primo y amigo Manuel Belgrano, se hizo cargo en persona de sofocar la contrarrevolución de Santiago de Liniers en Córdoba, y dirigió la ejecución del héroe de la Reconquista. Después, la Junta lo hizo jefe político del ejército que fue al Alto Perú, que venció en Suipacha y que cayó en Huaqui.

Antes de la derrota, Castelli tuvo tiempo para proclamar el fin de la servidumbre indígena y la igualdad de todos los americanos en las ruinas de Tiahuanaco, delante de una multitud de collas y de aymaras. No se lo perdonaron, los aristócratas españoles, ni los criollos. La iglesia no le perdonó su ateísmo, ni que persiguiera a los obispos contrarrevolucionarios sin reparar en jerarquías.

Los conservadores que se habían hecho del poder en Buenos Aires, y que parecían haber puesto fin a la revolución, lo acusaron de todo: libertino, impío, hereje, borracho, traidor. Mientras se defendía en el juicio que le siguieron, se enfermó de cáncer. Le amputaron la lengua. El mejor orador de la Revolución tuvo que defenderse por escrito. El juicio no terminó, porque él murió antes, a los 48 años. Unas quince personas fueron a su entierro. Unas horas antes, en plena agonía, derrotado y sin esperanza alguna, había pedido papel y lápiz, y había escrito sus últimas palabras: “Si ves al futuro, dile que no venga”.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Septiembre

Cuando yo era chico, el once de septiembre era apenas el Día del Maestro. Acto escolar, liberación de las horas en el aula, horas con la mirada que no quería aburrirse y se extraviaba por esa ventana que en el cuarto banco, en la fila de la izquierda, dejaba ver un campito con otros chicos y una pelota. Todo en nombre de la muerte de Sarmiento, de quien ignoraba todavía todo, lo que me genera admiración y lo que me genera rechazo.

Después, el once de septiembre fue un bombardeo en Santiago de Chile, donde un hombre honrado y valiente se despedía de su pueblo, por el que había intentado una hazaña formidable: llegar a la justicia, a la igualdad, sin sangre ni violencia pero sin agacharse y sin mezquinar el propio cuerpo. Adiós a Salvador Allende, y a su empresa ingenua pero lúcida, lúcida pero ingenua. Y yo tenía un amigo, allí, en Santiago, por quién tuve miedo ese día, y cuya muerte tuve que llorar poco más adelante.

En 2001, el once de septiembre por la mañana, fui con mi pequeña hija de dos años a un negocio del que era mi barrio, Villa Crespo, a comprarle un par de zapatillas. Le estaba probando unas cuando la dueña del negocio me preguntó si sabía lo que pasaba en Nueva York, donde un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas. No sé cuántas cosas pensé en ese instante, pero levanté en brazos a mi chiquita de cabeza enrulada, dejé la compra para otro día, y corrí hasta mi casa, y encendí el televisor justo a tiempo para ver que un segundo avión chocaba de lleno contra la segunda torre. Volví a tener miedo, ahora por personas de las que ignoraba todo individualmente: afganos, iraquíes, palestinos. Otra vez el miedo tenía razón.

Es difícil saber ahora qué cosas dice el once de septiembre, un día de un mes que por otra parte representa la vuelta de la vida para aquello de más arcaico que sigue vivo en nosotros. Un mes que se fue cargando de resonancias que, al menos en mí, pueden más que la primavera.


lunes, 29 de julio de 2013

¿Sabe Francisco lo que dice?

En Brasil, Jorge Bergoglio, alias Francisco, llamó a los jóvenes a "servir y llevar a Cristo hasta las periferias existenciales", para “arrancar y arrasar el mal y la violencia, para destruir y demoler las barreras del egoísmo, la intolerancia y el odio”. ¿Sabrá lo que dice? ¿Ignora acaso cuánto del mal, de la violencia, de la intolerancia, del odio, en dos mil años de historia, son el fruto de la prédica de la iglesia sobre la que reina? ¿De su propia prédica, aquí, en la Argentina, acerca del matrimonio igualitario, de la despenalización del aborto, de una exposición artística de León Ferrari, de las barbaridades que cometieron curas que él protegió y protege? Desde la periferia existencial, Bergoglio, no, gracias, va a ser mejor que nos arreglemos solos.

jueves, 25 de julio de 2013

Bergoglio y los pobres del Brasil

Jorge Bergoglio, conocido ahora como Francisco a secas, exhortó en Brasil a rechazar “el dinero, el poder, el éxito y el placer”. Lo dijo en un país en el que, a pesar de los avances de los últimos años, decenas de millones viven en una pobreza tan brutal como lo es la riqueza de una minoría riquísima. Para los pobres del Brasil, dinero, poder, éxito y placer son atributos exclusivos de quienes los explotan. Si el discurso del rey de la iglesia católica estaba dirigido a los pobres, en él resuenan el desprecio y la burla. De lo contrario, solo era un guiño hipócrita para los poderosos, que no parecen dispuestos a  renunciar a nada

sábado, 18 de mayo de 2013

Que no descanses, Videla


Mientras él estaba en el poder, mastiqué odio, rabia, dolor, miedo, vergüenza. Una vez, un amigo que se iba del país me preguntó por qué me quedaba. Le dije que quería estar aquí el día de la revancha. No hubo revancha. Hubo, sí, casi al final, el día en el que les gritamos asesinos en la Plaza, y ellos nos gasearon y balearon al obrero mecánico Dalmiro Flores.

Hubo, después, los incontables días en que marchamos gritando los desaparecidos, que digan dónde están, ni olvido ni perdón, no hubo errores, no hubo excesos, son todos asesinos los milicos del Proceso, hubo un juicio, condenas, pero también la obediencia debida, el punto final, los indultos. No hubo revancha.

Después de muchos años, llegó una dosis de justicia, sin revancha, y él fue a parar a una celda, donde ayer murió. Eso no calma ni el dolor, ni la vergüenza, ni la rabia. Ya no hay miedo, desde hace tiempo, y ese objeto de odio ha desaparecido de este mundo. Se llevó muchos años de nuestras vidas, y demasiadas vidas. Que no descanses, Videla.

domingo, 14 de abril de 2013

Salud, 14 de abril


“Cada 14 de abril se le resbalan dos lágrimas, vueltos los ojos y el ánima a las costas de Estoril”, cantaba hace más de cuarenta años Joan Manuel Serrat. 

La que lloraba en su canción era una “muchacha típica”, de familia aristocrática, monárquica como su padre, sufriente por el dorado exilio portugués de los Borbones que ya no reinaban en España. Allí, en la conmovedora patria del poeta Miguel Hernández, la feroz dictadura reaccionaria y oscurantista de Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios, que había aplastado en una desigual guerra civil a la República nacida precisamente un 14 de abril, el de 1931, preparaba sin embargo la restauración de los Borbones. 

El rey Juan Carlos, cazador de elefantes, es el resultado de esa elección política. En 1975, muerto el asesino y coronado el príncipe, el diezmado y perseguido pueblo español empezó a acostumbrarse a la condición de súbdito de una monarquía. Pero no todos lo hicieron. No se convirtió en mero rebaño de ovejas el país de los más valerosos combatientes que había visto el siglo. 

Ahora, en medio del derrumbe de la rica y soberbia Europa capitalista y conservadora, el pueblo que alumbró hace un par de años a los Indignados recuerda cada día con más fuerza a la heroica República. Mientras tanto, allí están los versos de Miguel, muerto en la cárcel de la dictadura a los 31 años, como una verdadera promesa a su mujer y a su país embarazados:

“Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras”.

Salud, República Española.   

domingo, 7 de abril de 2013

Humilde

Visto en televisión: una nenita lleva y trae cosas en un centro de ayuda a las víctimas de la inundación, en La Plata. El movilero le pregunta qué está haciendo. Ayudando, contesta. ¿Cuántos años tiene? Ocho. ¿Cómo se compone su familia? La nena vacila un segundo, sonríe, alza los hombros. "De gente humilde", dice, y lo dice como quien dice una obviedad.

viernes, 5 de abril de 2013

Inundaciones


“Bramando se viene el agua del Paraná, creciendo noche y día sin parar”. Así decía la letra de Los inundados, un chamamé muy popular en los años sesenta. Y así eran las inundaciones que conocí de chico, aunque el que crecía no era en mi caso el Paraná, sino el arroyo Villaguay o los ríos Gualeguaychú o Gualeguay, en Entre Ríos. Se la veía venir, a la inundación. El agua salía de su cauce, y avanzaba, a veces durante días, y los pobladores iban midiendo y calculando hasta dónde llegaría esa vez. Primero las casitas o los ranchos más cercanos a la costa, después los bordes del pueblo, y en los peores casos más adentro.

Había evacuados, y las escuelas, las iglesias y los cuarteles albergaban a las víctimas, que esperaban el momento de volver a sus casas. Había dolor, y miedo, y pérdidas, y hasta tragedias. Pasaba en zonas rurales o casi, y y en los barrios ribereños de las ciudades. En ocasiones eran graves. Pero se las veía venir. Algunos podían sacar algo de sus casas, y hasta salir ellos mismos antes de que llegara el agua.

Estaba triste la tarde cuando me fui”, decía la canción, pero al final el cielo se limpiaba, cantaban las calandrias y los crespudos, y los inundados volvían a sus casas, o a lo que hubiera quedado de ellas, a seguir su vida “peleando a la corriente”. Así las recuerdo. No hay nada de romántico ni de pintoresco en la evocación. Había un pueblo que sufría, pero esas inundaciones tenían un ritmo, un anuncio, un tiempo, una integración con esos ríos que mientras no mostraban su potencia destructiva formaban parte de lo mejor de la vida.

Ahora, en la gran ciudad de Buenos Aires, las inundaciones son relampagueantes, imprevistas, ubicuas. Media hora de lluvia impiadosa, y las calles se vuelven torrentes que barren con todo, y el agua se mete en las casas por sorpresa, en cualquier barrio, en plena madrugada, y en pocos minutos arruina y mata. Y la culpa no la tiene la naturaleza de un río. Hay culpables de carne y hueso. Desidia, incompetencia, corrupción. Cuando el cielo se limpia, no se oye cantar a ningún pájaro.

lunes, 25 de marzo de 2013

Estela y el papa

En medio del vendaval papista que absuelve de todo a Jorge Bergoglio, Estela Carlotto se mantiene en su eje, que no es poco. "Bergoglio nunca habló de nuestros desaparecidos ni de los nietos que estamos buscando". "Siempre tuvimos ganas de hablar con él. Esperábamos que nos convocara como máximo exponente de nuestra iglesia en la Argentina, pero nunca nos llamó".

Francisco, el 24 de marzo

Por Avenida de Mayo, a unos cincuenta metros de la Plaza, un Che Guevara de sonrisa socarrona pedía libertad para los cinco cubanos presos del gobierno de los Estados Unidos. Se lo pedía, que entienda el que quiera entender, al nuevo papa que vive en Roma: “Santo Padre, usted puede”. No lejos de allí, una agrupación que llevaba el nombre de Pichi Mesegeier, un jesuita que vivía en la Villa 31 durante los setenta, reclamaba: “Francisco, entregá los archivos de la iglesia durante la dictadura”. Un poco de aire en medio de la solemne nube de incienso bergogliano.

martes, 2 de octubre de 2012

Hobsbawm en Buenos Aires


En noviembre de 1999, Eric Hobsbawm estuvo de visita en Buenos Aires. Tuve el privilegio de participar de una entrevista con él, junto a otras tres o cuatro personas. Escribí entonces una nota para el periódico La Vanguardia, de la que transcribo a continuación solo algunos párrafos.


“Un historiador no está nunca de vacaciones”, dice el historiador británico Eric Hobsbawm. Está citando, aclara, a un ilustre colega y amigo, ya desaparecido, el francés Fernand Braudel.  Antes, ha asegurado que aprendió a hablar español en sus viajes por América Latina, en la calle y en charlas de café. Es un método de aprendizaje, sostiene, más rico que cualquier otro.
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A los ochenta y un años, el intelectual inglés no ha decidido aún poner fin a su larga obra. Planea retomar  la investigación acerca de las formas pre políticas de rebelión popular, un tema que lo apasiona desde hace muchos años y sobre el que escribió uno de sus libros más admirados, el ya clásico Rebeldes Primitivos. “Me parece que el tema no está agotado - se entusiasma -, que tiene aspectos todavía inexplorados. Cuando escribí aquel libro no me di cuenta de todo lo que había allí. Creo que en los tiempos anteriores al capitalismo, a la sociedad moderna, había una idea en la cabeza de la gente alrededor de las que podrían ser unas relaciones aceptables entre los seres humanos, en términos de la justicia social, la libertad, la emancipación. Todo ello dentro de ciertos límites, relativos a la accesibilidad del poder, a la perspectiva, a la amplitud de conocimientos de la gente. Esa manera de pensar el mundo social cambió, después de la era de las revoluciones, no sólo por el nuevo contexto político, con el establecimiento de los estados nacionales, sino sobre todo por la invención de un nuevo vocabulario, de un nuevo lenguaje para expresar un discurso político-social. Pero es que todavía hay grandes zonas del mundo que están en tránsito desde sociedades anteriores a la Modernidad”.
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La aparición del libro (Historia del siglo XX, o La era de los extremos) en Europa motivó, entre muchos comentarios, el de que su autor escribe “como un marxista desilusionado”.  Hobsbawm reflexiona al respecto: “He pasado más de la mitad de mi vida esperando el triunfo de la revolución mundial. Cuando comprendí que ya no era posible,  esperé todavía un mejoramiento del socialismo realmente existente, pero parece que eso tampoco fue posible. Es claro que tengo que estar desilusionado. Pero en un sentido, en lo que se refiere a mi oficio, eso no es malo. La buena historia es la historia hecha por los vencidos, no por los vencedores. La derrota agudiza el sentido de análisis. En cuanto al marxismo, hay que decir que pese a todo su genio, Marx se equivocó en algunas cosas, pero no siento ninguna desilusión con el modo de ver la Historia según el método de Marx. En todos mis libros he intentado aplicar precisamente ese método”.
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La Historia del Siglo XX, que ha sido traducida a la friolera de treinta y seis idiomas, no lo ha sido, curiosamente, al francés. Hobsbawm asegura que no tiene para ese asunto una explicación clara: “Habría que preguntarles a los franceses. Algunos me han dicho que creen que quienes seguramente escribirían las reseñas en los periódicos no harían una crítica favorable, y que eso perjudicaría la venta. Es probable que a esos críticos la obra les resulte demasiado marxista. Me ha pasado antes, al revés, con otros libros. En la ex Unión Soviética mis textos no fueron nunca publicados, porque las autoridades no los consideraban suficientemente marxistas”.
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Hobsbawm recordó también a “algunos amigos argentinos que ya no están”: “Uno de ellos es Pancho Aricó, un hombre de un intelecto fino, un socialista impresionante. Los otros dos eran escritores, y tuve el honor de tratarlos hace muchos años en La Habana: Julio Cortázar y Rodolfo Walsh”.
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“Cuando era muy joven creía en la posibilidad de construir un mundo perfecto. Ya estoy demasiado viejo para creerlo, pero sí creo en un mundo mejor, en un mundo para todos, sin excluídos”. Dos días antes, al finalizar una de sus conferencias, había dicho que después de haber sobrevivido al terrible y deslumbrante siglo veinte, tenemos razones para ser optimistas. Moderadamente, pero optimistas al fin.