Eran los años cincuenta, y los de principios de los sesenta. A veces el tren se quedaba detenido en medio del campo, y los pasajeros bajaban a estirar las piernas, y el olor era a pasto, a bosta, a cielo abierto. Después, o antes, algunos chicos saludaban con la mano en alto desde los ranchos a la vera de las vías, y les devolvíamos el saludo desde la ventanilla. Y el coche comedor. Por alguna razón, ningún restaurante, en ninguna de las ciudades que he conocido en los años posteriores me devolvió nunca el gusto del bife con huevos fritos del coche comedor de esos trenes del ferrocarril Urquiza de hace cincuenta años.
Y después, a lo largo de los años, por otros motivos, a Mar del Plata, a Olavarría, a Rosario, siempre los trenes atravesando el campo. Los trenes, inseparables de la noción de construcción de una nación en el siglo XIX. Los trenes de los ingleses y sus estaciones tan inglesas, una de las cosas más argentinas que hayan existido. La revolución conservadora terminó con todo. Carlos Menem lo hizo aquí en los noventa, ramal que para, ramal que cierra, pueblos fantasma, los mismos que se habían levantado en torno de la estación y del almacén de Ramos Generales en cualquier lugar de la pampa..
