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domingo, 10 de julio de 2016

Macri, el rey, la angustia y la Chola

“Se va la Chola, Chola se va”, cantaba el uruguayo Eduardo Mateo hace más de cuarenta años. “Qué soledad”, cantaba, porque la Chola se iba de su casa. A la mamá se le iba la Chola, a vivir sola o vaya a saber, porque Mateo no lo explicaba. En el discurso pre político y casi pre lingüístico de Mauricio Macri, la independencia que los pueblos de esta región del mundo proclamaron en 1816 respecto de las poderosas monarquías europeas era más o menos lo mismo que la ida de la Chola de la casa de su mamá.

Por eso le dijo a su “querido rey”, Juan Carlos de Borbón y Parma, asesino de elefantes, y tal vez no solo de elefantes, pero sobre todo discípulo preferido del dictador oscurantista y genocida Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de dios, que los revolucionarios de 1816 debían haber sentido angustia al separarse de la Corona.

Ni Mateo ni su hermosa canción tienen ninguna responsabilidad en el asunto, claro. En todo caso, si lo cité es porque esa canción es una de las obras musicales que mejor me transmiten la angustia de la partida de la hija que se independiza. No es que Macri esté a la altura de ella. Pero el modo en  que el Presidente se refirió el 9 de julio a la declaración de la independencia de la Provincias Unidas de la América del Sur remite a eso, a la despedida de un hijo que ha crecido y que se va, no sin angustia, de la casa de sus padres.

Seguramente, si se tiene en cuenta la historia familiar del personaje, el asunto da para que los psicólogos opinen. Pero me resisto a tratarlo como un negocio privado. Macri ignora explícitamente la causa popular americana y la de sus líderes: Artigas, Belgrano, San Martín, Güemes. Todos ellos combatieron con las ideas y con las armas, no a los españoles en su conjunto, pero sí al Absolutismo, a la monarquía despótica, a los privilegios de los ricos, al sojuzgamiento de los pueblos americanos por los poderes imperiales.

Entonces, Macri, no es que la Chola se vaya de la casa de su mamá, con angustia o sin ella. Es que los hijos apropiados echan de su casa a sus siniestros apropiadores, y lo hacen con razones, con justicia, con esperanza, con coraje. De angustia, poco. Y no piensan invitar a los apropiadores a celebrar con ellos el día de su liberación. Eso lo hace usted, Macri, y hasta los que no sabemos por qué, lo imaginamos. Y también imaginamos que a usted ni siquiera le importa la Chola.

domingo, 14 de abril de 2013

Salud, 14 de abril


“Cada 14 de abril se le resbalan dos lágrimas, vueltos los ojos y el ánima a las costas de Estoril”, cantaba hace más de cuarenta años Joan Manuel Serrat. 

La que lloraba en su canción era una “muchacha típica”, de familia aristocrática, monárquica como su padre, sufriente por el dorado exilio portugués de los Borbones que ya no reinaban en España. Allí, en la conmovedora patria del poeta Miguel Hernández, la feroz dictadura reaccionaria y oscurantista de Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios, que había aplastado en una desigual guerra civil a la República nacida precisamente un 14 de abril, el de 1931, preparaba sin embargo la restauración de los Borbones. 

El rey Juan Carlos, cazador de elefantes, es el resultado de esa elección política. En 1975, muerto el asesino y coronado el príncipe, el diezmado y perseguido pueblo español empezó a acostumbrarse a la condición de súbdito de una monarquía. Pero no todos lo hicieron. No se convirtió en mero rebaño de ovejas el país de los más valerosos combatientes que había visto el siglo. 

Ahora, en medio del derrumbe de la rica y soberbia Europa capitalista y conservadora, el pueblo que alumbró hace un par de años a los Indignados recuerda cada día con más fuerza a la heroica República. Mientras tanto, allí están los versos de Miguel, muerto en la cárcel de la dictadura a los 31 años, como una verdadera promesa a su mujer y a su país embarazados:

“Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras”.

Salud, República Española.   

jueves, 9 de febrero de 2012

Vive el gallo rojo


Estuve en España cuando era chico, en 1960, y en el 61. Pleno franquismo. Los guías turísticos lo llevaban a uno a visitar el Alcázar de Toledo, y hablaban de “los nuestros” cuando se referían a los nacionalistas vencedores. Las empleadas de limpieza de los edificios de departamentos y de los hoteles limpiaban el piso de rodillas, trapo en mano. Los mozos, los choferes, los vendedores callejeros a los que mi viejo trataba de sonsacar sobre el dictador se limitaban a las evasivas y a las sonrisas de compromiso. Baltasar Garzón era entonces un niño pequeño en la pobre Andalucía.

Solo había un relato que se dejaba oír: el de los buenos patriotas y creyentes que habían salvado a España de los herejes comunistas. Con el tiempo, me hice de otro relato. Estudié la guerra civil, escuché las canciones de la resistencia, leí los versos de Miguel Hernández, de Rafael Alberti, de César Vallejo, de León Felipe, y de tantos. Un día luminoso de principios de los setenta, en el desaparecido Cine Arte, vi por primera vez, y para siempre, Morir en Madrid. Escuché narraciones en primera persona de desterrados y sobrevivientes. Amé a la República española, odié al franquismo. 

Después, la tragedia se ensañó aquí. Justo cuando allá terminaba, o empezaba a terminar. Allá moría el Caudillo por la Gracia de Dios, aquí Jorge Videla y sus secuaces se hacían con la suma del poder público. Aquí se lanzaba la de secuestros, torturas, ejecuciones, y desaparición de personas que allá se terminaba. Cómo olvidar el olor a libertad que nos traían las películas y las series que lograban atravesar la censura a principios de los ochenta. Cómo olvidar Solos en la madrugada, y la dedicatoria del final. Había una línea cuyo recuerdo todavía me conmueve: “A Miguel Hernández, que se murió sin que nosotros supiéramos que existía”.

Volví a ver a España en años mejores, y encontré amigos estupendos, y una sociedad fascinante. Mi hija mayor vivió en Barcelona varios años, después de nuestro 2001, y la amó. Yo también lo hice, y como tantos otros celebré y agradecí que Garzón se esforzara por perseguir a los genocidas que aquí estaban protegidos por las leyes de la impunidad. Y aunque parezca que en alguno de estos últimos años se ha muerto la esperanza de que a la vieja dictadura de la España Negra y Católica la reemplazara una España libre, justa, roja, y aunque ahora la reacción franquista se arroje sobre Garzón y lo castigue, me gustaría acompañar la idea que seguramente alienta a millones de  españoles, de que si el gallo negro es grande, el gallo rojo es valiente. Y que está vivo.