
Jorge Cedrón murió apuñalado mientras su suegro, Saturnino Montero Ruiz, amigo de Lanusse y ex intendente de facto de Buenos Aires, era mantenido secuestrado en la capital francesa vaya a saber por quién y con qué objetivos. Eran los tiempos en que los hombres de Emilio Massera operaban en París en pos de, en conversaciones con, los de Eduardo Firmenich. De la muerte de Cedrón se dijo que había sido un suicidio. Claro, fueron muy pocos los que vieron que las puñaladas eran cinco y que el cuchillo descansaba en la mano derecha del cadáver de Cedrón, que era zurdo.
Todo eso es lo que narra el film Jorge Cedrón, cuentos clandestinos, que me acercó Julia Baglietto, su directora de fotografía. En la película, como suele suceder, hay mucho más. Hay una época y una historia. Lo más rico, lo más imprevisible, se va tejiendo desde el principio pero sólo estalla en ese final con el Tata, su guitarra, su sonrisa sorprendida, su mirada que no parece terminar de entender, y el auxilio de nada menos que Bertold Brecht, el poeta de San Jamás, que harto ya de esperar anuncia que ese día será “no mañana por la mañana, sino antes que el gallo empiece a cantar”.
Pero a Brecht, comunista en tiempos del nazismo, no le habían tocado días de victoria sino “tiempos sombríos”, en que había que cambiar “de país como de zapatos, a través de las guerras de clases”. Unos tiempos en los que, en definitiva, había lugar para esos versos finales de A los hombres futuros: “…cuando llegue el tiempo en que el hombre sea amigo del hombre, pensad en nosotros con indulgencia”. Al terminar la película, no resulta difícil imaginar a Jorge Cedrón murmurando esos versos en voz baja.