viernes, 2 de abril de 2010

El país que no supo desertar *





A fines de la segunda guerra mundial, en 1943, un partisano antifascista italiano postuló que había que demoler los monumentos a los caídos por la patria y reemplazarlos por otros que recordaran a quienes habían desertado. “Los monumentos a los desertores – escribió – representarán también a aquellos que murieron en la guerra, porque cada uno de ellos murió maldiciendo la guerra y envidiando la felicidad del desertor. La resistencia nace de la deserción”. En abril de 1982, buena parte de la sociedad argentina propició, por acción u omisión, la muerte por la patria de miles de sus jóvenes en una guerra diseñada y provocada por una dictadura que ya tenía a 30.000 víctimas sobre sus espaldas.

Para muchos argentinos, sobrevivientes de la represión que se había desencadenado en 1976, la noticia del desembarco militar en las islas Malvinas tuvo el efecto de un martillazo. Llevaban seis años de odio, de miedo, de rabia. Odio a la dictadura, miedo por sus propios cuerpos, rabia por una derrota histórica que sabían muy difícil de remontar. Contaban uno a uno a los amigos y compañeros desaparecidos, o asesinados, o presos, o en el destierro. Sabían, oscuramente, que funcionaban en el país campos de concentración en los que los prisioneros eran militantes populares, intelectuales, combatientes armados, trabajadores. No sabían con certeza cuántos eran esos campos ni donde estaban. Pero sí sabían quiénes eran allí los prisioneros y quiénes los verdugos.

El 2 de abril, los ejecutores de las políticas más ferozmente antipopulares que había experimentado el país se presentaron como emancipadores, como adalides de una lucha anticolonial. Entre los adversarios de la dictadura hubo desde el principio quienes sostuvieron que se trataba de una maniobra para legitimar un poder que empezaba a agrietarse, y que había que repudiarla. Pero ganó la confusión. Tal vez, decían algunos, la necesidad de hacer frente al imperialismo fuerce a los militares a abrir el juego político interno y a desatar una dinámica que termine por devorarlos. Otros se empeñaban en deslindar la causa de la recuperación de las islas, que juzgaban justa, de aquellos que la habían promovido.

Los héroes del momento eran el teniente de navío Alfredo Astiz, que presuntamente defendería las islas Georgias al mando de un reducido cuerpo de élite, y el teniente coronel Mohamed Ali Seineldin, que al frente de sus infantes había entrado majestuosamente al trote en el indefenso Puerto Stanley, después rebautizado Puerto Argentino. Aunque no se dijera públicamente, había ya en el país quienes sabían que uno era un torturador de la Escuela de Mecánica de la Armada y el otro un instructor de aspirantes a secuestradores y asesinos. El dato era macabro: la Junta de Comandantes les agradecía los horrorosos servicios prestados facilitando su ascenso a héroes nacionales a la luz del día. Para eso servía la toma de las Malvinas.

A medida que se aproximaba al archipiélago la flota británica, y con ella el inevitable inicio de las hostilidades, los medios de comunicación hacían cada vez más intenso el alboroto patriotero y obsecuente. En la calle, aquellos que vivían satisfechos bajo el terrorismo de estado, los que meses después jurarían que nunca habían sabido nada de lo que pasaba en el país, se agolpaban junto a los móviles de la televisión para festejar por anticipado el triunfo que seguramente las armas de la patria iban a conseguir contra los agresores ingleses. El griterío chauvinista aturdía.

En las islas, los jóvenes conscriptos también parecían orgullosos, entusiastas y confiados, al menos mientras hablaban frente a las cámaras. Todavía no había empezado la siembra de muerte, y probablemente tampoco el hambre ni el frío. La solidaridad colectiva con esos adolescentes empujados con perversión a la catástrofe no procuraba sacarlos de allí. Se limitaba a mandarles bufandas, cartas y chocolates. Si morían, que lo hicieran abrigados.

Una vez iniciada la batalla, la campaña de desinformación orquestada por las fuerzas armadas fue una nueva prueba, por si hacía falta, de que el verdadero enemigo de los comandantes en jefe, el enemigo al que había que engañar y desconcertar, no era la armada británica sino el pueblo argentino, del que los soldados formaban parte. Todos los que estaban en capacidad de hacerse oír, sin embargo, seguían enarbolando banderas de guerra.

Finalmente, las bombas y las balas de los británicos barrieron el triunfalismo y la mentira. También barrieron las vidas de centenares de esos muchachos, convertidos en nuevos desaparecidos del terrorismo de estado, unos desaparecidos que no lo eran por haberse opuesto a la dictadura sino por no haber tenido otra opción que obedecerla. Los conscriptos combatientes que no murieron en las islas salvaron la piel pero no la vida, y terminaron condenados a la inexistencia por una sociedad que castigó en ellos su propia vergüenza.

Es que en ese desdichado país que fue a la guerra en 1982 a las órdenes de sus opresores, nadie fue capaz, por una razón o por otra, de decir en voz bien alta que el único camino digno era el de luchar de frente contra esa insensatez, el de ofrecerles a los adolescentes soldados la opción de la desobediencia, el de llamarlos a la deserción, el de acompañarlos, en fin, en un grito de adiós a las armas que dejara solos a los dictadores en su funesta mascarada. No importa cuál hubiera sido el resultado de ese grito. Veinticinco años después, la sociedad argentina tendría menos vergüenza. Y se levantarían monumentos a los desertores.

Ulises Muschietti


* Esta nota fue publicada en abril de 2007 en MV Prensa.com.ar, dirigida por Tomás Vela.

martes, 23 de marzo de 2010

Una noticia del '76



El recorte, amarillento, es de La Opinión del viernes 26 de marzo de 1976. Tal vez sea excesivo llamarlo recorte: es un pedazo de papel cortado a mano, con apuro, sin cuidado alguno. Lo encontré años después, entre las páginas de un libro. No consigo recordar el momento en el que leí la noticia, ni lo que pensé, ni para qué quise guardarla.

Esto es lo que dice: “Un activista que incitaba e impedía el retorno de operarios al trabajo en la zona de Plaza Constitución, fue abatido, en la noche del miércoles, por una patrulla de fuerzas de seguridad. La información fue suministrada a través de un comunicado del Comando de Zona 1 en el que se señala que los efectivos de seguridad sorprendieron a un activista que incitaba al cese de actividades y trataba de impedir la concurrencia al trabajo de algunos operarios, siendo abatido por el fuego”.

La lectura de esa noticia, en ese momento, me explico a mí mismo, debe haber sido impresionante: incitaba a la huelga y fue abatido por el fuego. Ni siquiera se ponía en juego la batería de mentiras a la que íbamos a habituarnos: enfrentamiento armado, tentativa de fuga, arsenal escondido. No. Incitaba a sus compañeros (empleaba la palabra), y fue baleado por las fuerzas de seguridad. Fue asesinado en la calle, desarmado, porque quería que sus compañeros pararan. El comunicado no pone ni siquiera su nombre. NN. Desaparecido.

Tal vez la noticia me golpeó como anuncio, o confirmación, de lo que iba a suceder. Tal vez para eso, pienso, la incluyó en la página un trabajador de prensa que echaba, así, una botella al mar: “Sépanlo todos, esto es lo que viene”. Hay otra posibilidad. Los mecanismos no estaban todavía del todo aceitados. Alguien escribió mal, y escribió de más. Otro alguien se dio cuenta y lo publicó. Todavía hoy, 34 años después, los asesinos siguen negando lo que hicieron. En un desprolijo recorte, entre las páginas de un libro, hay una noticia que ya no es una advertencia. Es una confesión.

miércoles, 10 de marzo de 2010

La cincha



Según los mejores diccionarios de la lengua española, la cincha es una faja que se ajusta alrededor del vientre de la cabalgadura, para que la silla no se mueva. Más allá de los saberes académicos, cualquiera que alguna vez haya visto de cerca un caballo ensillado sabe lo que es una cincha. Hay muchos que lo saben aun sin haber jamás visto de cerca un caballo. O una yegua.

El 5 de marzo pasado, la veterana periodista Silvina Walger firmó en el matutino La Nación una columna acerca de la presidenta Cristina Fernández. El texto se mofa, con un sarcasmo que se pretende elegante, del “inevitable cinturón ancho” que lucía “la Señora” en una nota del canal CNN. “Otras veces”, se solaza Walger, “suele llevar una cincha muy apretada”. Una cincha.

Walger escribe que la Presidenta “suele llevar una cincha muy apretada”. Ella es una periodista que disfruta de un cierto renombre. Escribe en el diario La Nación, una “tribuna de doctrina” que fundó Bartolomé Mitre en 1870, un emblema del periodismo culto, aristocrático.

No se conforma con eso, Walger. También llama a la Presidenta y su marido “la pareja reinante”, una pareja a la que administra un diagnóstico clínico: paranoia. Además, como al pasar, pone en duda que Leopoldo Galtieri haya sido un asesino, y desliza que peor que un golpe de Estado es que un presidente quiera “eternizarse en el cargo”, aunque sea mediante elecciones democráticas. Su blanco preferido, sin embargo, es Cristina Fernández, a quien define como famosa, “como Imelda Marcos y Evita, por sus 800 pares de zapatos”.

El autor de estas líneas se reconoce ignorante y pobremente informado. Nunca escuchó que la Presidenta tuviera 800 pares de zapatos, ni que a ellos debiera su buen o mal nombre. Pero también debe admitir que nunca supuso que la Presidenta, una mujer, usara cincha, como si fuera una yegua. Y le cuesta pensar que alguien pueda poner una cosa así en negro sobre blanco. Mucho menos una columnista de La Nación, un diario tan leído por la buena gente del campo, que seguramente sabe muy bien lo que es una cincha.

sábado, 20 de febrero de 2010

El grado de un coronel

Cuando muere un militar, sus camaradas se lo toman en serio. Los compañeros de promoción del Colegio Militar concurren en masa, dicen discursos, cuentan anécdotas. Los compañeros de promoción del coronel Ulises Muschietti eran, entre otros, Jorge Videla, Roberto Viola, Guillermo Suárez Mason. La flor y nata del Terrorismo de Estado. Podrían seguir los nombres.

En el velatorio del coronel Muschietti, mi viejo, en marzo de 1988, apenas había militares. Uno que sí estaba era el teniente coronel Jorge Mittelbach, bastante más joven que mi viejo, que había sido su defensor ante un tribunal militar. Es que Mittelbach se había negado a participar de la guerra sucia en Tucumán, y había echado a patadas de un regimiento de Campo de Mayo a un grupo de torturadores durante la dictadura de Alejandro Lanusse. Por eso nunca ascendió a coronel, ni siquiera durante el gobierno de Raúl Alfonsín, que lo postergó hasta que pidió su retiro. (*)

A mi viejo, sus compañeros de promoción habían dejado de quererlo. No era para menos. Alrededor de 1980, si no recuerdo mal, el Ejército decidió publicar un libro que debía constituirse en la justificación histórica de la represión ilegal. El cuerpo central del libro se titulaba El legado del presente. Antes, debía ir El legado del pasado. Se lo encargaron a mi viejo, retirado desde diciembre de 1965, pero muy conocido por su trabajo como historiador militar.

El legado del pasado según el coronel Muschietti resultaba indigerible para ellos. Allí estaba José de San Martín prohibiendo en 1818 a sus soldados derramar una sola gota de sangre fuera del campo de batalla, sosteniendo que la Patria no arma a sus hijos para que la deshonren con sus crímenes, y que los soldados del Ejército de los Andes que entraran por la fuerza en la casa de ciudadanos desarmados serían castigados de tal modo que ni la memoria de su nombre permanecería entre nosotros. Allí se decía también que un militar no es el dueño del grado que luce en sus charreteras, sino que ese grado sólo le ha sido entregado en custodia, porque pertenece a la Nación, y a ella debe devolverlo a la hora de su muerte, tan limpio como lo recibió.

Ese texto nunca fue publicado por el Ejército, pero sirvió en cambio al fiscal Julio Strassera para su alegato contra los comandantes en el juicio a las Juntas Militares, en 1985. Mi viejo devolvió su grado a la Nación como él creía que debía hacerlo. Sus compañeros de promoción no estaban allí para verlo.

(*) Cinco meses después de la redacción de esta nota, en julio de 2010, Federico Mittelbach, ya retirado, fue ascendido a coronel por orden del Presidente Néstor Kirchner. (Nota del Editor)