jueves, 19 de julio de 2012

El San Martín facho del diario La Nación


En una nota que publicó el martes 17 en La Nación, el columnista Rolando Hanglin sostiene que José de San Martín era lo que hoy llamamos un facho, un hombre de derechas, amigo del orden y de la represión. Es difícil establecer si Hanglin es un auténtico ignorante o un vulgar mercenario que escribe lo que sus patrones quieren leer.

El que apueste por la hipótesis de la ignorancia en seguida encontrará una prueba. Según el texto, el Libertador “trajo al país las ideas de Independencia y Libertad junto a otros de su generación”. Cada palabra demuestra que la Historia no es una disciplina que se le dé bien al autor. Cuando llegó a Buenos Aires en 1812, que no “al país”, que por entonces no existía, San Martín no trajo ninguna idea que no fuera ya sostenida por otros,  ni hay razones para sostener que quienes viajaron con él eran “de su generación”.

Vuelve a equivocarse cuando sostiene que en 1848 “las dos potencias rectoras del mundo (Inglaterra y Francia) bloquean el Río de la Plata y se produce la Vuelta de Obligado”. Ese combate, del que no da ninguna información, lo que resulta curioso, se había librado en 1845, y en ese mismo año se había puesto fin al bloqueo anglo francés. Todos los datos se pueden corroborar en cualquier manual para estudiantes secundarios.

Sin mengua de nuevos errores, lo que sigue es mala leche pura. Vaya solo un ejemplo. Cita Hanglin una carta en la que San Martín se refiere a la revolución francesa de 1848: "Los sucesos ocurridos desde febrero han planteado el problema de dónde iré a dejar mis huesos, aunque por mí, personalmente, no trepidaría en permanecer en este país. Pero no puedo exponer a mi familia a las vicisitudes y consecuencias de la revolución". El subrayado es mío, y tiene por objeto poner en evidencia que es difícil concluir de estas líneas que la actitud de San Martín ante la revolución era la de un facho.

Lo que sigue es aun más absurdo, más confuso, más necio y peor intencionado, cargado de citas que se refutan solas. San Martín era antisocialista, se entusiasma Hanglin. Desde ya que no era socialista, habría que responderle. No habría podido serlo. Era, sí, un viejo revolucionario de fines del siglo XVIII y principios del XIX, enemigo de las monarquías absolutas, de los privilegios de nacimiento, de las aristocracias, del oscurantismo.

Hanglin, en cambio, insiste en que era un hombre de derecha, un verdadero facho. Más allá del obvio anacronismo, habría que seguirle el juego. San Martín era un curioso facho que abolió la esclavitud en el Perú, que reconocía a los pueblos indígenas como “los verdaderos dueños” de la tierra, que llamaba fanatismo a la religión, que proclamó a sus tropas que “la ferocidad y la violencia son crímenes que no conocen los soldados de la libertad”, que no cumplió la orden del gobierno de combatir con su ejército a los paisanos federales del Litoral, que a su antiguo oficial Juan Lavalle, lanzado a reprimir a la población de Buenos Aires después de fusilar a Manuel Dorrego, le escribió: “Una sola víctima que pueda ahorrar a su país le servirá de un consuelo inalterable”.

La explicación de tanto desatino parece vinculada, más que a la Historia, a su utilización en la política presente. Hace más de un siglo, el ex presidente de la República y fundador del diario La Nación, Bartolomé Mitre, se dedicó en persona a manipular la historia de San Martín con el objeto de embellecer la de la facción política y social a la que él mismo pertenecía. Ahora, su diario deja en manos de un cómico de segunda la misión de juntar al viejo general con los caceroleros del Barrio Norte y con otros esperpentos que abominan del progreso social. Una parábola que habla por sí misma.

lunes, 9 de julio de 2012

Independencia

El 9 de julio de 1816 no se declaró la independencia de ningún país que se llamara Argentina, sino de las Provincias Unidas de la América del Sur, y los firmantes representaban a algunas de las que más tarde serían provincias argentinas y a otras que lo serían de Bolivia. La declaración fue impresa en castellano, en quechua y en aymara. La Historia es mucho más rica y más compleja que las efemérides. ¡Salud, independencia de la América del Sur!

sábado, 30 de junio de 2012

Paraguay, el fin de una esperanza


“Ya no existe el Paraguay, donde nací, como tú”, escribió Carlos Guido y Spano en 1871, cuando el Brasil imperial, la Argentina de Bartolomé Mitre y el gobierno que ellos habían impuesto en el Uruguay acababan de consumar el crimen masivo que se conoce con el nombre de Guerra de la Triple Alianza.

El poeta, sin embargo, había nacido en Buenos Aires. Era hijo de Tomás Guido, compañero de armas, amigo y confidente de José de San Martín desde el inicio de la campaña libertadora. Seguramente el poeta había escuchado que la élite porteña despreciaba en San Martín, que había nacido en Yapeyú, y en cuyas venas tal vez corría sangre guaraní, a un “soldadote paraguayo”, a un “indio misionero”.

Es probable que a esos recuerdos se haya unido el del proyecto de unión americana que habían alentado su padre y San Martín, para que Guido y Spano escribiera el dramático lamento por el pueblo paraguayo. Lo que ha sucedido ahora, en 2012, no es comparable con los efectos de aquella masacre. No obstante, está en el la misma línea.

Después del exterminio de 1865-1870, en el que fueron muertos alrededor de 400.000 paraguayos, en efecto, el país ya no se recuperó. Devastado, malbaratadas sus tierras entre los vencedores y sus poquísimos aliados locales, que alojados en el poder no tendrían reparos en someter a los restos de la población a sangre y fuego, el Paraguay empezó a convivir con una condición que no se extingue: la de ser uno de los países más pobres y desiguales de la América del Sur.

Siguieron dictaduras, represión, y otra guerra, la del Chaco, en la que paraguayos y bolivianos se mataron recíprocamente en defensa de intereses ajenos. Y por fin, la larga dictadura de Alfredo Stroessner, que moldeó al país de tal manera que los intereses que defendía sobrevivieron a su caída.

Cuando en 2008 la candidatura del ex obispo católico Fernando Lugo consiguió reunir detrás de sí la voluntad de los desarrapados del país, en particular de las masas campesinas,  y, en el marco de un contexto favorable en la región, dar a luz al primer gobierno democrático en más de un siglo, el pueblo paraguayo vivió la esperanza de un cambio excesivamente demorado.

Es probable que Lugo no tuviera uñas de guitarrero, y es seguro que no pudo, o no supo, o no quiso generar una organización política que convirtiera a su seguidores dispersos en una fuerza capaz de disputar el poder real a sus viejos dueños. Como sea, en los gabinetes de los abogados de los ricos, tal vez en las salas de reunión de alguna embajada, no estaban dispuestos a correr riesgos. Había que terminar con el tímido experimento antes de las nuevas elecciones. No fuera cosa que el viejo Paraguay aniquilado volviera por sus fueros, para tratar de existir.

miércoles, 20 de junio de 2012

Belgrano y la bandera


Manuel Belgrano no creía que estuviera creando el símbolo de un estado, para que la posteridad lo recordase. Cuando mandó levantar la bandera blanca y celeste frente a sus tropas a orillas del Paraná, en febrero de 1812, no hacía otra cosa que levantar la insignia de una revolución. Eso era él, un revolucionario. La necrofilia de las efemérides argentinas ha hecho que la fecha en que murió, en 1820, se haya convertido en el Día de la Bandera. Pero el Belgrano que les pidió a sus soldados que juraran defender esa bandera, que era una causa, estaba vivo, y peleando. Y su Revolución también.