miércoles, 21 de mayo de 2014

Morena y jornalera

La generosidad, la paciencia y la perspicacia de mi compañero y amigo Roberto Fernández, avezado explorador de viejos archivos, me permitieron ver hoy una copia del acta de bautismo de mi abuelo materno, José Robledo, que nació en 1890 en Villaguay, Entre Ríos, mi pueblo también. En el documento, el cura señala que el chico es hijo natural de Paula Robledo. Y como al pasar, define con dos palabras a la joven madre soltera: “morena y jornalera”. Morena,  jornalera, madre de un hijo natural, mi abuelo, a fines del siglo XIX, en un pequeño pueblo en medio de la selva montielera. Salud, bisabuela Paula. Gracias por este tardío, conmovido, luminoso orgullo.

martes, 25 de febrero de 2014

Banderita cubana

Mi hija Clara acaba de volver de La Habana, adonde fue invitada a leer su poesía en el cuarto Encuentro de Jóvenes Escritores de América Latina y el Caribe. Ella es, también, fotógrafa. Entre otras muchas, trajo esta foto, que me recordó de inmediato unos versos de Nicolás Guillén, de los tiempos heroicos. Acá van la foto, los versos, y mis emocionadas felicitaciones para Clara.

"¡Ay, qué linda mi bandera,
mi banderita cubana,
sin que la manden de afuera,
ni venga un rufián cualquiera
a pisotearla en La Habana!"

jueves, 19 de diciembre de 2013

Bergoglio marxista papa

Francisco, nacido Jorge Bergoglio, rey absoluto de la iglesia católica, ha dicho recientemente que no es marxista pero que no lo ofende que lo llamen así. Habría que decir que quienes han incurrido en semejante barbaridad son miembros de grupos fundamentalistas de los Estados Unidos que creen que la especie humana lleva 6.000 años sobre la Tierra, y que los fósiles de uno o más millones de años han sido colocados allí por el propio dios para poner a prueba la fe de los creyentes.

Muchos de ellos creen, como su ídolo George W. Bush, que en algún momento de sus vidas han visto realmente a dios, el falsificador de fósiles, por lo general en su rol de Jesucristo. Con esa apariencia, precisamente, el ser supremo encargó a Bush que masacrara a los iraquíes, una misión que el presidente cumplió con rigor evangélico. Después, Bush contaba la charla con el crucificado, y su público la creía.


Más allá de quiénes han sido los ideólogos de la caracterización de marxista para el insospechable Bergoglio, él finge tomarla en serio. Y no se ofende. Quién sabe si se le ocurre que tal vez tengamos derecho a hacerlo los marxistas que vivimos en este mundo, ya sea en estado de optimismo, de derrota, de moderada confianza, de melancolía, o de rabiosa resistencia. Los que estamos convencidos de que dios es una fábula, y todas las religiones, nada más que supercherías funcionales a la explotación de clase. “La religión es el opio de los pueblos”, escribió Carlos Marx. El jefe de la más poderosa de las religiones no debería tener el privilegio de ser confundido con un marxista.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Serrat en el Luna, hace treinta años

Mi hijo Matías me mandó hoy un mensaje con unos videos de la televisión española sobre los recitales de Joan Manuel Serrat en el Luna Park, en junio de 1983. Yo estaba ahí, en una de esas gradas repletas, no solo de personas, sino de mucho más. Las imágenes y el sonido, a veces, devuelven la vida a emociones que el tiempo y las circunstancias van relegando a rincones de la memoria.

Ahora me acuerdo de todo, como si estuviera sucediendo: la expectativa, la alegría tanto tiempo contenida, una extraña fraternidad en un público que celebraba una fiesta. No se trataba solo del regreso de un cantante popular, querido y admirado, ausente del país desde hacía ocho o nueve años. Era como si la vida, brutalmente interrumpida por el terror y la barbarie, retomara su curso, herida pero imparable.

Cuando él apareció en la escena, precedido por los primeros acordes de la primera canción, estalló el estribillo que unificó a la multitud: “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”. Serrat se quedó quieto, en silencio, asintiendo con la cabeza, y no hizo el menor gesto hasta que, varios minutos después, mientras seguía sonando la música sin otras palabras que las del público, el apagarse del estribillo lo autorizó a a cantar.

Disfrutamos de las viejas canciones, y subrayamos con aplausos y vítores cada frase que aludía, aunque fuera lateralmente, al cambio de época que deseábamos. “Prefiero”, cantaba, “la revolución a las pesadillas”,  y nuestra propia pesadilla de más de siete años nos hacía llorar. Pero se terminaba, y el sonido de esa canción, ahí, en el corazón de una Buenos Aires ensangrentada y envilecida, era un testimonio de ese final.

No somos los mismos de entonces, y seguramente tampoco lo es Serrat. Pero más allá de lo que cada uno piense o sienta ahora, treinta años más tarde, en esas noches se anudó un lazo que tal vez nada pueda destruir. Un lazo hecho de nuestra propia historia, de un momento de ella que no está en archivos ni en documentos, sino en aquellos corazones nuestros, maltrechos y sobrevivientes.