miércoles, 25 de noviembre de 2009

Ilusionista (escena en el subte)

Pone su valija en el piso, y empieza a hablarles a los pasajeros. La valija es de metal. Según él, está llena de ilusiones. Él es muy moreno, delgado y fibroso. Habla con un acento difícil de identificar, aunque es claramente de otro país sudamericano. Se expresa con precisión. Por si eso fuera poco, convierte una pelotita de goma en un largo bastón metálico ante los ojos de todos los que lo miran.

Después pregunta si alguien se haría ilusiones con respecto al pedazo de papel blanco que agita delante de su propia cara. Una chica, parada junto a la puerta, le dice, o él dice que le dice, que sí, que ella se hace ilusiones. Entonces él le prende fuego al papelito, que se transforma, otra vez delante de los ojos de todos, que ya son algunos más, en una flor de papel. Se la regala a la chica.

Como suele suceder, sólo algunos de los pasajeros del subte, que huyen del centro alrededor de las siete de la tarde, lo miran francamente. La mayoría sigue con su lectura, o con la música conectada a los oídos, o con lo que sea. Pero miran de reojo al audaz extranjero que los interpela. Él inicia un discurso acerca de la forma del planeta según las creencias del pasado remoto y del menos remoto, y aprovecha para que en su mano derecha un cubo se cambie por una esfera y después por un óvalo, sin aparente intervención humana.

A esa altura, ya son unos cuantos los que observan sin disimulo. El muchacho, entonces, se lanza a un discurso más comprometido, y mientras saca pañuelos sueltos de una bolsa vacía, exhorta al público a que se mire a los ojos porque nada puede hacerse de a uno, dice, y en cambio todo puede hacerse si se entrelazan las voluntades. Para el asombro general, los pañuelos empiezan a salir anudados.

El ilusionista ha dado en algún clavo, porque ahora son muchos los que miran de frente, se escuchan aplausos espontáneos, y hasta se advierten sonrisas sin disimulo. El muchacho, después, pasa el sombrero, y no son pocas las manos que se hunden en los bolsillos para volver a salir con una moneda, y aun con algún billete de dos pesos. Hay un talento que anda suelto en el subte.


miércoles, 4 de noviembre de 2009

Cruces en las aulas de Italia

A principios de los noventa, el autor de este blog y su amigo el historiador Rodolfo González Lebrero presentaron un recurso ante la Defensoría del Pueblo de la Ciudad, con el apoyo del entonces diputado socialista Alfredo Bravo, de feliz memoria. Se trataba de evitar que a los alumnos de las escuelas municipales de la ciudad se les exigiera la presentación de un trabajo acerca de la vida de San Ignacio de Loyola. Los hijos de ambos, libres de toda religión, no tenían por qué participar del panegírico inducido a un héroe del oscurantismo y de la intolerancia católicos. Aun en esa Argentina, la de Carlos Menem, la petición tuvo éxito.

Ahora, la Corte Europea de Derechos Humanos acaba de decidir que las escuelas italianas tienen que prescindir de los crucifijos que campean en todas sus aulas. El argumento, claro como el agua, consiste en que la percepción diaria del ícono en el lugar al que concurren para recibir educación puede perturbar a los niños que no son cristianos. Si bien es justo recordar que Italia ha dado innumerables mentes lúcidas que han combatido en el campo de las ideas contra la uniformidad religiosa – el reclamo ante la unión Europea fue presentado por una ciudadana italiana -, parece lícito tener presente, además, que en ese país es cada vez mayor el número de inmigrantes que profesan otros credos, cuyos derechos se vulneran con la omnipresencia en las instituciones públicas de los ídolos de la Iglesia Católica.

El gobierno italiano de Silvio Berlusconi ha reaccionado con indignación. Para su ministro de Cultura, se trata de “un fallo aborrecible”. Otros miembros del gobierno han calificado a la decisión de “vergonzosa” y de “pagana”. El vocero del Santo Padre que vive en Roma, por su parte, se ha declarado “triste y desconcertado”. Es una pena. Por si no bastara, una dirigente del opositor Partido Democrático se ha permitido asegurar: “En Italia, el crucifijo es una especie de signo de nuestra tradición".

Si eso es así, si la sociedad italiana, heredera de un pasado en muchos aspectos luminoso, resulta incapaz de respaldar una decisión que la acercaría al respeto por la libertad de pensamiento, y cierra filas con los continuadores de la Sagrada Inquisición, el liderazgo de Berlusconi dejará, por fin, de parecer un malentendido.

jueves, 29 de octubre de 2009

La piba estaba loquita (escena en el subte)

Es un grupo barullero, de dos chicas y tres muchachos, jóvenes, casi adolescentes, que hablan en voz alta y se ríen con descaro. Están vestidos con los jogging que han pasado a constituir el atuendo casi universal de los pobres. Da la impresión de que incomodan a los pasajeros más próximos. Antes de llegar a la estación Pasteur, se ponen todos de pie y se acercan a la puerta.

Una de las chicas, de pelo negro y brillante, encara de pronto a un hombre alto, de campera azul y roja, mira fijo a la cara de perfil, y grita, casi deletrea: “Vamo a fumá ba-se, pa-co”. El hombre se queda inmóvil y callado, con los ojos fijos en la ventanilla, detrás de la cual sólo hay un túnel oscuro. Una silenciosa tensión gana a todo el vagón. Otro de los miembros del grupo dice algo ininteligible, entre risas. La chica le responde “a la de tu mamá, puto, travesti”, siempre con la cara muy cerca del hombre alto. Muchos pasajeros observan de reojo. Nadie dice nada.

Cuando el tren ya está detenido en la estación, la chica hace un cuarto de giro y se baja con sus compañeros. Mientras camina por el andén, sigue repitiendo su letanía: “Vamo a fumá base, vamo a fumá paco”. Por la misma puerta sube un niño, de cara redonda y de pelo enrulado, de edad indefinible, que lleva en brazos a una nena de unos dos años. La chiquita toma pepsi cola del pico de una botella de plástico, mientras le chorrean los mocos.

El chico empieza a recitar su historia de mendigo que pide para alimentar a su hermanita, hasta que mira de frente al hombre alto, y lo interpela: “La piba estaba loquita, ¿no, señor?”. Sonríe con alegría, como si estuviera jugando. Cualquiera diría que ha visto la escena completa, y que sólo él se atreve a hablar de ella. El hombre parece sorprendido, pero no responde. Mete la mano en el bolsillo, ofrece una moneda. La nenita termina la pepsi y le pasa la botella vacía a su hermano. Él ya no sonríe.

lunes, 26 de octubre de 2009

Las veinte cargas de Juan Lavalle

El chico no tenía más de ocho o nueve años cuando leyó por primera vez ese libro que le había regalado su padre, quien a su vez lo había leído en su propia infancia. Era una vieja edición de los Episodios Nacionales, encuadernada en pasta. Su autor narraba, en clave heroica, sucesos de las guerras de la independencia.

Allí estaba un joven Juan Lavalle, al mando de una fuerza de trescientos granaderos, la única del ejército patriota que había logrado salir montada y entera de la derrota de Torata, en la sierra peruana, en 1822. Los demás soldados, vencidos y en fuga, indefensos y aterrados, trataban de atravesar a pie los arenales que los separaban del puerto de Ico, donde los esperaban los navíos que podían llevarlos a salvo hasta Lima.

La vanguardia del ejército español los perseguía. No parecía haber para ellos más que una muerte inminente. Lavalle, que habría podido ponerse a salvo fácilmente, eligió formar con su tropa a la retaguardia de los dispersos para proteger su retirada. Cuando los perseguidores estuvieron sobre sus espaldas, mandó volver caras, cargó contra ellos sable en mano, y los rechazó. Los realistas se rehicieron y volvieron al ataque. A lo largo de tres horas, la escena se repitió veinte veces, y veinte veces Lavalle y sus granaderos cargaron y rechazaron a sus enemigos, hasta que la persecución cesó. Los fugitivos, en tanto, consiguieron embarcarse y salvar sus vidas.

No hay en la evocación ninguna interpretación histórica acerca de la actuación posterior de Juan Lavalle, ni mucho menos una reivindicación del ejército criminal que absurdamente se ha pretendido heredero de aquel antiguo heroísmo. Hay solamente el recuerdo de un padre que tenía un caballo cuyo nombre era Veinte cargas en tres horas, la imaginación de un chico, que volaba por vez primera detrás de ideas deslumbrantes como la de pelear por una causa y la de jugarse por los compañeros en desgracia, y un libro querido que inauguraba una larga pasión por la historia, todavía viva.