sábado, 30 de junio de 2012

Paraguay, el fin de una esperanza


“Ya no existe el Paraguay, donde nací, como tú”, escribió Carlos Guido y Spano en 1871, cuando el Brasil imperial, la Argentina de Bartolomé Mitre y el gobierno que ellos habían impuesto en el Uruguay acababan de consumar el crimen masivo que se conoce con el nombre de Guerra de la Triple Alianza.

El poeta, sin embargo, había nacido en Buenos Aires. Era hijo de Tomás Guido, compañero de armas, amigo y confidente de José de San Martín desde el inicio de la campaña libertadora. Seguramente el poeta había escuchado que la élite porteña despreciaba en San Martín, que había nacido en Yapeyú, y en cuyas venas tal vez corría sangre guaraní, a un “soldadote paraguayo”, a un “indio misionero”.

Es probable que a esos recuerdos se haya unido el del proyecto de unión americana que habían alentado su padre y San Martín, para que Guido y Spano escribiera el dramático lamento por el pueblo paraguayo. Lo que ha sucedido ahora, en 2012, no es comparable con los efectos de aquella masacre. No obstante, está en el la misma línea.

Después del exterminio de 1865-1870, en el que fueron muertos alrededor de 400.000 paraguayos, en efecto, el país ya no se recuperó. Devastado, malbaratadas sus tierras entre los vencedores y sus poquísimos aliados locales, que alojados en el poder no tendrían reparos en someter a los restos de la población a sangre y fuego, el Paraguay empezó a convivir con una condición que no se extingue: la de ser uno de los países más pobres y desiguales de la América del Sur.

Siguieron dictaduras, represión, y otra guerra, la del Chaco, en la que paraguayos y bolivianos se mataron recíprocamente en defensa de intereses ajenos. Y por fin, la larga dictadura de Alfredo Stroessner, que moldeó al país de tal manera que los intereses que defendía sobrevivieron a su caída.

Cuando en 2008 la candidatura del ex obispo católico Fernando Lugo consiguió reunir detrás de sí la voluntad de los desarrapados del país, en particular de las masas campesinas,  y, en el marco de un contexto favorable en la región, dar a luz al primer gobierno democrático en más de un siglo, el pueblo paraguayo vivió la esperanza de un cambio excesivamente demorado.

Es probable que Lugo no tuviera uñas de guitarrero, y es seguro que no pudo, o no supo, o no quiso generar una organización política que convirtiera a su seguidores dispersos en una fuerza capaz de disputar el poder real a sus viejos dueños. Como sea, en los gabinetes de los abogados de los ricos, tal vez en las salas de reunión de alguna embajada, no estaban dispuestos a correr riesgos. Había que terminar con el tímido experimento antes de las nuevas elecciones. No fuera cosa que el viejo Paraguay aniquilado volviera por sus fueros, para tratar de existir.

miércoles, 20 de junio de 2012

Belgrano y la bandera


Manuel Belgrano no creía que estuviera creando el símbolo de un estado, para que la posteridad lo recordase. Cuando mandó levantar la bandera blanca y celeste frente a sus tropas a orillas del Paraná, en febrero de 1812, no hacía otra cosa que levantar la insignia de una revolución. Eso era él, un revolucionario. La necrofilia de las efemérides argentinas ha hecho que la fecha en que murió, en 1820, se haya convertido en el Día de la Bandera. Pero el Belgrano que les pidió a sus soldados que juraran defender esa bandera, que era una causa, estaba vivo, y peleando. Y su Revolución también.  

domingo, 27 de mayo de 2012

Sobre los 3 de febrero


Por única vez, el año próximo va a ser feriado el 3 de febrero. Es que se cumplen doscientos años del combate de San Lorenzo, convertido en pieza musical de museo por la vieja marcha: “Febo asoma, ya sus rayos iluminan el histórico convento...” El peso del siglo redoblado parece haber decidido así a favor del choque armado de 1813 una vieja puja simbólica entre tres fechas idénticas.

La efemérides vencedora recuerda la carga victoriosa de dos escuadrones de Granaderos a Caballo contra las tropas realistas que asolaban las costas del Paraná, procedentes de Montevideo. El regimiento acababa de nacer, organizado por José de San Martín, un teniente coronel del ejército real que había cruzado el océano para enrolarse en la revolución americana contra la Corona a la que había servido hasta entonces.

Ese día nació a la gloria póstuma el joven mulato correntino Juan Bautista Cabral, “el soldado heroico” de la canción, y empezó su carrera, impensable antes de la Revolución, el mestizo guaraní José Félix Bogado, que se incorporó como soldado raso al Regimiento del que llegaría a ser el jefe, con el grado de coronel, al término de las campañas libertadoras en 1824.

Mucho antes, el 3 de febrero del año del Señor de 1536, el hidalgo español Pedro de Mendoza fundó por primera vez una infortunada Buenos Aires a orillas del Plata. Una mísera aldea en medio de la nada, que no duró más que cinco años. Los querandíes se cobraron las afrentas que les hizo el conquistador, y la destruyeron. Habría que esperar hasta 1580 para que Buenos Aires, a la que Borges juzgó “tan eterna como el agua y el aire”, naciera de nuevo, por impulso esta vez de Juan de Garay, que llegó desde Asunción, ahora del Paraguay, en el norte del litoral de los ríos, con unos setenta voluntarios de los que al menos sesenta eran mestizos.

En 1852, el 3 de febrero, casi cuarenta años después del combate de San Lorenzo, el Ejército Grande de Justo José de Urquiza batió en el Palomar de Caseros al que comandaba Juan Manuel de Rosas, y puso fin a la Confederación Argentina del caudillo porteño. La batalla abrió paso a la constitución del Estado Nacional que hoy se llama República Argentina.

Ese fue el 3 de febrero preferido de la élite dominante durante muchos años, y al que deben su nombre calles, paseos y localidades bonaerenses. Ese es el 3 de febrero en el que pensó Domingo Sarmiento cuando bautizó el parque que inauguró en los bosques de Palermo, donde se levantaba la residencia de Rosas. Esa residencia, sin embargo, resistió de pie todo lo que quedaba del siglo XIX. Un día de 1899, durante la segunda presidencia de Julio Roca, la volaron con una carga de dinamita. La Argentina moderna de la oligarquía, que ya había desarmado a San Martín y lo había puesto preso en un mausoleo de la catedral, seguía haciendo desaparecer partes del pasado. Por casualidad o no, ese día también era un 3 de febrero.

jueves, 24 de mayo de 2012

Revolución de Mayo

Hace un año, publiqué una nota, con el título de Viene asomando, en recuerdo de la Revolución de Mayo de 1810. Hoy quiero reiterar ese recuerdo, con las mismas palabras.