jueves, 19 de diciembre de 2013

Bergoglio marxista papa

Francisco, nacido Jorge Bergoglio, rey absoluto de la iglesia católica, ha dicho recientemente que no es marxista pero que no lo ofende que lo llamen así. Habría que decir que quienes han incurrido en semejante barbaridad son miembros de grupos fundamentalistas de los Estados Unidos que creen que la especie humana lleva 6.000 años sobre la Tierra, y que los fósiles de uno o más millones de años han sido colocados allí por el propio dios para poner a prueba la fe de los creyentes.

Muchos de ellos creen, como su ídolo George W. Bush, que en algún momento de sus vidas han visto realmente a dios, el falsificador de fósiles, por lo general en su rol de Jesucristo. Con esa apariencia, precisamente, el ser supremo encargó a Bush que masacrara a los iraquíes, una misión que el presidente cumplió con rigor evangélico. Después, Bush contaba la charla con el crucificado, y su público la creía.


Más allá de quiénes han sido los ideólogos de la caracterización de marxista para el insospechable Bergoglio, él finge tomarla en serio. Y no se ofende. Quién sabe si se le ocurre que tal vez tengamos derecho a hacerlo los marxistas que vivimos en este mundo, ya sea en estado de optimismo, de derrota, de moderada confianza, de melancolía, o de rabiosa resistencia. Los que estamos convencidos de que dios es una fábula, y todas las religiones, nada más que supercherías funcionales a la explotación de clase. “La religión es el opio de los pueblos”, escribió Carlos Marx. El jefe de la más poderosa de las religiones no debería tener el privilegio de ser confundido con un marxista.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Serrat en el Luna, hace treinta años

Mi hijo Matías me mandó hoy un mensaje con unos videos de la televisión española sobre los recitales de Joan Manuel Serrat en el Luna Park, en junio de 1983. Yo estaba ahí, en una de esas gradas repletas, no solo de personas, sino de mucho más. Las imágenes y el sonido, a veces, devuelven la vida a emociones que el tiempo y las circunstancias van relegando a rincones de la memoria.

Ahora me acuerdo de todo, como si estuviera sucediendo: la expectativa, la alegría tanto tiempo contenida, una extraña fraternidad en un público que celebraba una fiesta. No se trataba solo del regreso de un cantante popular, querido y admirado, ausente del país desde hacía ocho o nueve años. Era como si la vida, brutalmente interrumpida por el terror y la barbarie, retomara su curso, herida pero imparable.

Cuando él apareció en la escena, precedido por los primeros acordes de la primera canción, estalló el estribillo que unificó a la multitud: “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”. Serrat se quedó quieto, en silencio, asintiendo con la cabeza, y no hizo el menor gesto hasta que, varios minutos después, mientras seguía sonando la música sin otras palabras que las del público, el apagarse del estribillo lo autorizó a a cantar.

Disfrutamos de las viejas canciones, y subrayamos con aplausos y vítores cada frase que aludía, aunque fuera lateralmente, al cambio de época que deseábamos. “Prefiero”, cantaba, “la revolución a las pesadillas”,  y nuestra propia pesadilla de más de siete años nos hacía llorar. Pero se terminaba, y el sonido de esa canción, ahí, en el corazón de una Buenos Aires ensangrentada y envilecida, era un testimonio de ese final.

No somos los mismos de entonces, y seguramente tampoco lo es Serrat. Pero más allá de lo que cada uno piense o sienta ahora, treinta años más tarde, en esas noches se anudó un lazo que tal vez nada pueda destruir. Un lazo hecho de nuestra propia historia, de un momento de ella que no está en archivos ni en documentos, sino en aquellos corazones nuestros, maltrechos y sobrevivientes.


martes, 15 de octubre de 2013

El futuro, que no venga

No solo la invasión europea empezó un 12 de octubre. Ese mismo día, pero en 1812, trescientos veinte años después de que Cristóbal Colón y los suyos desembarcaran con las buenas nuevas del cristianismo y de la explotación sin límites en la isla del Caribe que llamaron La Española, murió en la remota Buenos Aires Juan José Castelli.

En el medio hubo tres siglos de dominación de la corona imperial, pero sobre todo hubo los dos años fulgurantes en los que Castelli entró en la historia como un relámpago, los dos primeros años de la Revolución de Mayo. Él había nacido en 1764, en esa pequeña aldea a las orillas del Plata que se preparaba para torcer la historia. Era poco más que un niño cuando los padres eligieron por él que fuera cura, y lo mandaron a estudiar a Córdoba primero y después a Charcas, en el Alto Perú.

En el Colegio de Monserrat tuvo compañeros con los que compartiría, en la misma vereda o enfrentados, los avatares de la Revolución. También tuvo un cura Rector que vio, tal vez, lo que había que adivinar en él. En 1784, ese cura escribió, sobre Castelli, que tenía “un ingenio delicado, capaz de cualquier cosa”. Y también escribió un ruego que encubría, tal vez, una profecía: “Dios le guarde el corazón, que es docilísimo, y acaso fácil de pervertirse si tiene malos compañeros”. 

Debe haber tenido, Castelli, malos compañeros, o quizás no le hicieron falta. Largó los estudios teológicos, se hizo revolucionario radical, jacobino, anticlerical, estuvo a la cabeza del derrocamiento del Virrey Cisneros en 1810 junto a su primo y amigo Manuel Belgrano, se hizo cargo en persona de sofocar la contrarrevolución de Santiago de Liniers en Córdoba, y dirigió la ejecución del héroe de la Reconquista. Después, la Junta lo hizo jefe político del ejército que fue al Alto Perú, que venció en Suipacha y que cayó en Huaqui.

Antes de la derrota, Castelli tuvo tiempo para proclamar el fin de la servidumbre indígena y la igualdad de todos los americanos en las ruinas de Tiahuanaco, delante de una multitud de collas y de aymaras. No se lo perdonaron, los aristócratas españoles, ni los criollos. La iglesia no le perdonó su ateísmo, ni que persiguiera a los obispos contrarrevolucionarios sin reparar en jerarquías.

Los conservadores que se habían hecho del poder en Buenos Aires, y que parecían haber puesto fin a la revolución, lo acusaron de todo: libertino, impío, hereje, borracho, traidor. Mientras se defendía en el juicio que le siguieron, se enfermó de cáncer. Le amputaron la lengua. El mejor orador de la Revolución tuvo que defenderse por escrito. El juicio no terminó, porque él murió antes, a los 48 años. Unas quince personas fueron a su entierro. Unas horas antes, en plena agonía, derrotado y sin esperanza alguna, había pedido papel y lápiz, y había escrito sus últimas palabras: “Si ves al futuro, dile que no venga”.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Septiembre

Cuando yo era chico, el once de septiembre era apenas el Día del Maestro. Acto escolar, liberación de las horas en el aula, horas con la mirada que no quería aburrirse y se extraviaba por esa ventana que en el cuarto banco, en la fila de la izquierda, dejaba ver un campito con otros chicos y una pelota. Todo en nombre de la muerte de Sarmiento, de quien ignoraba todavía todo, lo que me genera admiración y lo que me genera rechazo.

Después, el once de septiembre fue un bombardeo en Santiago de Chile, donde un hombre honrado y valiente se despedía de su pueblo, por el que había intentado una hazaña formidable: llegar a la justicia, a la igualdad, sin sangre ni violencia pero sin agacharse y sin mezquinar el propio cuerpo. Adiós a Salvador Allende, y a su empresa ingenua pero lúcida, lúcida pero ingenua. Y yo tenía un amigo, allí, en Santiago, por quién tuve miedo ese día, y cuya muerte tuve que llorar poco más adelante.

En 2001, el once de septiembre por la mañana, fui con mi pequeña hija de dos años a un negocio del que era mi barrio, Villa Crespo, a comprarle un par de zapatillas. Le estaba probando unas cuando la dueña del negocio me preguntó si sabía lo que pasaba en Nueva York, donde un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas. No sé cuántas cosas pensé en ese instante, pero levanté en brazos a mi chiquita de cabeza enrulada, dejé la compra para otro día, y corrí hasta mi casa, y encendí el televisor justo a tiempo para ver que un segundo avión chocaba de lleno contra la segunda torre. Volví a tener miedo, ahora por personas de las que ignoraba todo individualmente: afganos, iraquíes, palestinos. Otra vez el miedo tenía razón.

Es difícil saber ahora qué cosas dice el once de septiembre, un día de un mes que por otra parte representa la vuelta de la vida para aquello de más arcaico que sigue vivo en nosotros. Un mes que se fue cargando de resonancias que, al menos en mí, pueden más que la primavera.