A fines de los años setenta, en los años más negros, nos
reuníamos todos los viernes a la noche a leer a Eric Hobsbawm en un
departamento de dos ambientes de Palermo, que todavía era un barrio con
almacenes y talleres mecánicos. Éramos cinco profesores de Historia a los que
se nos había escamoteado el saber de uno de los más notables historiadores del
siglo. Durante esos viernes leímos y discutimos Las Revoluciones Burguesas y
otros textos, y aprendimos algunas cosas para siempre. Muchos años después, a fines del siglo, Hobsbawm definió a Carlos
Marx como “lo que los japoneses llaman sensei, es decir, un maestro intelectual
con el que se tiene contraída una deuda que no se puede pagar”. Más de una
generación de historiadores, seguramente, piensa lo mismo de él.
lunes, 1 de octubre de 2012
miércoles, 22 de agosto de 2012
Memoria del 22 de agosto
Quiero
escribir solo aquello de lo que me acuerdo. El 22 de agosto de 1972, a la tarde, me enteré
de que algo terrible había sucedido por la madrugada en la Base Almirante Zar ,
de Trelew.
Empezó
a circular la versión oficial de la dictadura de Alejandro Lanusse: los 19
prisioneros que se habían fugado del penal de Rawson y que habían sido
apresados en el aeropuerto de Trelew, habían intentado fugarse también de la base
naval, habían sorprendido a un oficial de apellido Sosa, se habían apoderado de
su pistola, y habían sido abatidos en un tiroteo por las tropas navales.
Diecinueve
presos con una pistola, en una base de la Armada. Los marinos
habían tenido que liquidar a casi todos – habían quedado, heridos, tres
sobrevivientes -, para impedir la
fuga. La versión, como más tarde escribiría Rodolfo Walsh
respecto de los comunicados de la dictadura de Jorge Videla, no estaba
destinada a ser creída. En efecto, nadie la creyó, aunque algunos fingieron hacerlo.
Yo
estudiaba Periodismo. Cuando llegué a la Escuela, esa noche, el aire hervía. Se
había armado una coordinadora que integraba a numerosas agrupaciones políticas
estudiantiles. Esa noche estuvimos todos juntos: socialistas, peronistas,
comunistas.
Fuimos
a la Universidad
Tecnológica de Almagro, en la avenida Medrano ,
que ya había sido tomada por los estudiantes. La policía rodeó el edificio,
pero aguantamos adentro hasta que se fueron. Allí escuché, y grité, un
estribillo que haría época: “Ya van a ver, ya van a ver, cuando venguemos los
muertos de Trelew”. Al día siguiente lo gritaríamos muchas veces en actos
relámpago en calles y plazas. Esa noche, en la UTN, un compañero me dijo: “Esta
masacre va a provocar un gran salto en la violencia política, hasta niveles que
no podemos imaginar ahora”. Después del 24 de marzo de 1976 volví a recordar esa
frase y esa noche, muchas veces.
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Dictadura,
Política,
Terrorismo de Estado,
Trelew
viernes, 17 de agosto de 2012
San Martín: entierro en la Catedral
El 17 de agosto de 1850 murió José de San Martín en
Boulogne Sur Mer, Francia. Seis años antes había escrito en su testamento:
“Prohibo el que se me haga ningún género de funeral, y desde el lugar en que
falleciere se me conducirá directamente al cementerio sin ningún
acompañamiento, pero sí desearía el que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires”.
La voluntad del difunto general revolucionario se cumplió
treinta años más tarde, aunque parcialmente: sus restos fueron trasladados a
Buenos Aires, pero no al cementerio sino a la iglesia catedral. Es fama que las
autoridades religiosas opusieron alguna resistencia. Es que aún no se había
inventado el catolicismo retrospectivo de San Martín, y los curas sabían que el hombre no
había sido precisamente de los suyos.
El gobierno de Nicolás Avellaneda, pródigo en créditos,
logró finalmente convencerlos, pero ellos se las arreglaron para que la tumba
se construyera no en el interior de la iglesia sino en un recinto lateral,
fuera de lo que llaman el “perímetro consagrado”. Está, pero no está.
Una persistente tradición sostiene, además, que el féretro
está inclinado en el interior de la tumba, con el extremo que corresponde a la
cabeza más abajo que el de los pies. El presidente del Instituto Sanmartiniano,
un general, declaró a la prensa hace dos años que fue así porque el ataúd era más
grande de lo previsto y no entraba en posición horizontal. Otros creen que se
trató de un gesto intencional. Esa posición del féretro, dicen, estaba reservada
a los condenados al infierno.
viernes, 3 de agosto de 2012
Lakras, zurdos y cruces
Los tipos
le pintaron lakra en la pared de su casa. Con K, como suelen hacer en sus
ingeniosos juegos de letras y palabras. Korrupción, diktadura, kretina y otras
idioteces. También pusieron zurdo, como para que las cosas se fueran aclarando.
La frutilla de la torta fue la cruz esvástica. Es de otra época, pero todavía
puede asustar.
La casa
está en Junín, provincia de Buenos Aires, una ciudad que guarda en su memoria a
35 de sus hijos detenidos desaparecidos en el período que va desde 1976 hasta
1983. El habitante de la casa agraviada milita en Memoria, Militancia y
Justicia, una agrupación que defiende los derechos humanos desde la época misma
de la dictadura cívico militar que encabezaron, por así decirlo, Jorge Videla y
José Martínez de Hoz.
Hace un par
de meses, la Justicia dispuso someter a juicio oral a siete agentes del Terrorismo
de Estado acusados de crímenes de lesa humanidad cometidos en Junín. Son seis
policías y un civil. Todo el mundo cree que hay muchos más. En la ciudad
funcionaron cuatro centros clandestinos de detención. Muchos pobladores fueron
detenidos, torturados, y liberados después. Cualquiera sabe adónde podría ir a
parar todo si aparecen testigos dispuestos a contar lo que recuerdan.
Así que los
custodios que aún quedan de la barbarie planificada salen, por ahora, a pintar
paredes, a ver si así algunos se amilanan. Ya deberían haber aprendido que hace
tiempo el miedo dejó de dar resultado. Pero no les queda otra, así que los
zurdos y las lakras tienen que saber que todavía hay cruces esvásticas en busca
de sus paredes. Aunque parezca mentira.
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Terrorismo de Estado
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