domingo, 7 de abril de 2013
Humilde
Visto en televisión: una nenita lleva y trae cosas en un centro de ayuda a las víctimas de la inundación, en La Plata. El movilero le pregunta qué está haciendo. Ayudando, contesta. ¿Cuántos años tiene? Ocho. ¿Cómo se compone su familia? La nena vacila un segundo, sonríe, alza los hombros. "De gente humilde", dice, y lo dice como quien dice una obviedad.
viernes, 5 de abril de 2013
Inundaciones
“Bramando se viene el agua del Paraná, creciendo noche y día sin parar”. Así decía la letra de Los inundados, un chamamé muy popular en los años sesenta. Y así eran las inundaciones que conocí de chico, aunque el que crecía no era en mi caso el Paraná, sino el arroyo Villaguay o los ríos Gualeguaychú o Gualeguay, en Entre Ríos. Se la veía venir, a
Había evacuados, y las escuelas, las iglesias y los cuarteles albergaban a las víctimas, que esperaban el momento de volver a sus casas. Había dolor, y miedo, y pérdidas, y hasta tragedias. Pasaba en zonas rurales o casi, y y en los barrios ribereños de las ciudades. En ocasiones eran graves. Pero se las veía venir. Algunos podían sacar algo de sus casas, y hasta salir ellos mismos antes de que llegara el agua.
“Estaba triste la tarde cuando me fui”, decía la canción, pero al final el cielo se limpiaba, cantaban las calandrias y los crespudos, y los inundados volvían a sus casas, o a lo que hubiera quedado de ellas, a seguir su vida “peleando a la corriente”. Así las recuerdo. No hay nada de romántico ni de pintoresco en
Ahora, en la gran ciudad de Buenos Aires, las inundaciones son relampagueantes, imprevistas, ubicuas. Media hora de lluvia impiadosa, y las calles se vuelven torrentes que barren con todo, y el agua se mete en las casas por sorpresa, en cualquier barrio, en plena madrugada, y en pocos minutos arruina y mata. Y la culpa no la tiene la naturaleza de un río. Hay culpables de carne y hueso. Desidia, incompetencia, corrupción. Cuando el cielo se limpia, no se oye cantar a ningún pájaro.
lunes, 25 de marzo de 2013
Estela y el papa
En medio del vendaval papista que absuelve de todo a Jorge Bergoglio, Estela Carlotto se mantiene en su eje, que no es poco. "Bergoglio nunca habló de nuestros desaparecidos ni de los nietos que estamos buscando". "Siempre tuvimos ganas de hablar con él. Esperábamos que nos convocara como máximo exponente de nuestra iglesia en la Argentina, pero nunca nos llamó".
Francisco, el 24 de marzo
Por Avenida de Mayo, a unos cincuenta metros de la Plaza, un Che Guevara de sonrisa socarrona pedía libertad para los cinco cubanos presos del gobierno de los Estados Unidos. Se lo pedía, que entienda el que quiera entender, al nuevo papa que vive en Roma: “Santo Padre, usted puede”. No lejos de allí, una agrupación que llevaba el nombre de Pichi Mesegeier, un jesuita que vivía en la Villa 31 durante los setenta, reclamaba: “Francisco, entregá los archivos de la iglesia durante la dictadura”. Un poco de aire en medio de la solemne nube de incienso bergogliano.
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