lunes, 25 de marzo de 2013
Estela y el papa
En medio del vendaval papista que absuelve de todo a Jorge Bergoglio, Estela Carlotto se mantiene en su eje, que no es poco. "Bergoglio nunca habló de nuestros desaparecidos ni de los nietos que estamos buscando". "Siempre tuvimos ganas de hablar con él. Esperábamos que nos convocara como máximo exponente de nuestra iglesia en la Argentina, pero nunca nos llamó".
Francisco, el 24 de marzo
Por Avenida de Mayo, a unos cincuenta metros de la Plaza, un Che Guevara de sonrisa socarrona pedía libertad para los cinco cubanos presos del gobierno de los Estados Unidos. Se lo pedía, que entienda el que quiera entender, al nuevo papa que vive en Roma: “Santo Padre, usted puede”. No lejos de allí, una agrupación que llevaba el nombre de Pichi Mesegeier, un jesuita que vivía en la Villa 31 durante los setenta, reclamaba: “Francisco, entregá los archivos de la iglesia durante la dictadura”. Un poco de aire en medio de la solemne nube de incienso bergogliano.
martes, 2 de octubre de 2012
Hobsbawm en Buenos Aires
En noviembre de 1999, Eric Hobsbawm estuvo de visita en Buenos Aires.
Tuve el privilegio de participar de una entrevista con él, junto a otras tres o
cuatro personas. Escribí entonces una nota para el periódico La Vanguardia, de
la que transcribo a continuación solo algunos párrafos.
“Un historiador no está nunca de vacaciones”, dice el historiador
británico Eric Hobsbawm. Está citando, aclara, a un ilustre colega y amigo, ya
desaparecido, el francés Fernand Braudel.
Antes, ha asegurado que aprendió a hablar español en sus viajes por
América Latina, en la calle y en charlas de café. Es un método de aprendizaje,
sostiene, más rico que cualquier otro.
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A los ochenta y un años, el intelectual inglés no ha decidido aún poner
fin a su larga obra. Planea retomar la
investigación acerca de las formas pre políticas de rebelión popular, un tema
que lo apasiona desde hace muchos años y sobre el que escribió uno de sus
libros más admirados, el ya clásico Rebeldes Primitivos. “Me parece que el tema
no está agotado - se entusiasma -, que tiene aspectos todavía inexplorados.
Cuando escribí aquel libro no me di cuenta de todo lo que había allí. Creo que
en los tiempos anteriores al capitalismo, a la sociedad moderna, había una idea
en la cabeza de la gente alrededor de las que podrían ser unas relaciones
aceptables entre los seres humanos, en términos de la justicia social, la
libertad, la
emancipación. Todo ello dentro de ciertos límites, relativos
a la accesibilidad del poder, a la perspectiva, a la amplitud de conocimientos
de la gente. Esa
manera de pensar el mundo social cambió, después de la era de las revoluciones,
no sólo por el nuevo contexto político, con el establecimiento de los estados
nacionales, sino sobre todo por la invención de un nuevo vocabulario, de un
nuevo lenguaje para expresar un discurso político-social. Pero es que todavía
hay grandes zonas del mundo que están en tránsito desde sociedades anteriores a
la Modernidad”.
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La aparición del libro (Historia del siglo XX, o La era de los
extremos) en Europa motivó, entre muchos comentarios, el de que su autor
escribe “como un marxista desilusionado”.
Hobsbawm reflexiona al respecto: “He pasado más de la mitad de mi vida
esperando el triunfo de la revolución mundial. Cuando comprendí que ya no era
posible, esperé todavía un mejoramiento
del socialismo realmente existente, pero parece que eso tampoco fue posible. Es
claro que tengo que estar desilusionado. Pero en un sentido, en lo que se
refiere a mi oficio, eso no es malo. La buena historia es la historia hecha por
los vencidos, no por los vencedores. La derrota agudiza el sentido de análisis.
En cuanto al marxismo, hay que decir que pese a todo su genio, Marx se equivocó
en algunas cosas, pero no siento ninguna desilusión con el modo de ver la
Historia según el método de Marx. En todos mis libros he intentado aplicar
precisamente ese método”.
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Hobsbawm recordó también a “algunos amigos argentinos que ya no están”:
“Uno de ellos es Pancho Aricó, un hombre de un intelecto fino, un socialista
impresionante. Los otros dos eran escritores, y tuve el honor de tratarlos hace
muchos años en La Habana: Julio Cortázar y Rodolfo Walsh”.
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“Cuando era muy joven creía en la posibilidad de construir un mundo
perfecto. Ya estoy demasiado viejo para creerlo, pero sí creo en un mundo
mejor, en un mundo para todos, sin excluídos”. Dos días antes, al finalizar una
de sus conferencias, había dicho que después de haber sobrevivido al terrible y
deslumbrante siglo veinte, tenemos razones para ser optimistas. Moderadamente,
pero optimistas al fin.
lunes, 1 de octubre de 2012
Adiós, maestro
A fines de los años setenta, en los años más negros, nos
reuníamos todos los viernes a la noche a leer a Eric Hobsbawm en un
departamento de dos ambientes de Palermo, que todavía era un barrio con
almacenes y talleres mecánicos. Éramos cinco profesores de Historia a los que
se nos había escamoteado el saber de uno de los más notables historiadores del
siglo. Durante esos viernes leímos y discutimos Las Revoluciones Burguesas y
otros textos, y aprendimos algunas cosas para siempre. Muchos años después, a fines del siglo, Hobsbawm definió a Carlos
Marx como “lo que los japoneses llaman sensei, es decir, un maestro intelectual
con el que se tiene contraída una deuda que no se puede pagar”. Más de una
generación de historiadores, seguramente, piensa lo mismo de él.
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