
“Están pasando cosas en este país, que por primera vez en mucho tiempo dan ganas de contar. El nuevo presidente dio el mejor discurso de asunción que yo haya escuchado. Era muy raro eso de asombrarse, conmoverse y sentirse contento a medida que ese señor narigón, bizco y con pésima pronunciación iba largando sus definiciones. Me resultaba muy raro sentir que había llegado al gobierno alguien de mi generación, de la vieja y castigada generación de los setenta, y que lo hacía para reivindicarla, para enorgullecerse de haber pertenecido a ella, para asegurar que no iba a dejar sus principios en la puerta de la Casa Rosada. De una sola sentada, Kirchner les dijo esa tarde a las Fuerzas Armadas que llegaba sin rencor pero con memoria, y que no iba a dejar que se confundiera gobernabilidad con impunidad. A los grandes grupos económicos, que el Estado está para poner igualdad allí donde el mercado pone exclusión, que los que más ganan deben ser los que más paguen, y que no pueden seguir exigiendo privilegios los que han ganado fortunas mientras la mayoría se ha hecho cada vez más pobre. Dijo que no se puede tolerar que un chico de Jujuy tenga una educación inferior a la que tiene uno de Buenos Aires, y prácticamente gritó que viva la escuela pública. Dijo que la eliminación de la pobreza no es una cuestión de políticas sociales sino de políticas económicas, y que el clientelismo político es hijo del desempleo. Dijo que los acreedores externos no pueden esperar que se les pague a ellos si no se puede pagar la deuda social. Dijo que el nombre del futuro es ‘cambio’, y que la prioridad de la política internacional argentina será el Mercosur y los países de la región. Dijo muchas cosas, y a todas las llamó por su nombre. A su izquierda, en el palco, estaban Fidel, Lula y Chávez. Estaba pasando algo, había olor a algo ese domingo a la tarde. Algo que se notaba también en el entusiasmo y el fervor que generaba cada aparición de Fidel en cualquier parte. Kirchner y Fidel estuvieron reunidos durante más de una hora el lunes, pasando por encima del protocolo. Todo parecía anunciar lo increíble que pasó por la noche, cuando Fidel habló desde las escalinatas de la Facultad de Derecho, durante dos horas y media, a una multitud de miles de personas que lo escuchó en absoluto silencio, con un frío que rajaba. Parecía que la Plaza de la Revolución de La Habana se había instalado en la Recoleta, y cuando Fidel se despidió ‘hasta la victoria siempre’, todo era como un sueño increíble, anacrónico y maravilloso. (…) Espero que todo esto no haya sido muy latoso. Tenía ganas de contarlo.”
Gracias, hija querida.